Valadhiel está en el tejado del gremio, en su sitio favorito mientras mira a las estrellas pensando en todo lo que le ha sucedido. Está tranquila hasta que siente peligro, abre de golpe los ojos, que se le vuelven rojos y dirige su cabeza hacia el centro de la amenaza. Ve cómo entran a un orco malherido, un orco tuerto con barba.
El rostro de la joven elfa se crispa al verlo. Se levanta y salta al tejado de enfrente, para bajar de un salto en frente de los sanadores que atienden al orco. Saca una daga dispuesta a clavarla en el pecho del infame ser cuando la sacerdotiza que conoció en su primer día, la de la voz celestial, le detiene la mano y la aleja del herido.
Los sanadores entran al inconsciente orco a la enfermería y, de la misma, sale el líder del gremio muy apurado. Ve a Valadhiel y, con un gesto de cabeza, le indica que le siga. La joven elfa mira con desprecio hacia el edificio donde está el orco y sigue al líder a regañadientes.
En la habitación central, el líder se gira hacia Valadhiel y la mira, decepcionado:
-No me esperaba eso de tí, jovencita, esperaba que tu sangre se mantuviera fría en todo momento, como fuiste entrenada.-
-Con todo el respeto, maestro, pero ese asqueroso ser estuvo el día que fui atacada y mis padres murieron.- Lo desafía con la mirada. -Él nos estuvo persiguiendo todo el rato.-
El líder la mira sin sorprenderse, ni siquiera se inmutaba. Con un gesto de la mano le dice que se vaya mientras se sienta, parecía que había envejecido de golpe. Posa su mirada en la joven elfa mientras se va, antes de cerrarlos. Tenía mucho en qué pensar. Sabía que no iba a ser fácil controlar que Valadhiel no matase al orco, pero le veía mucho potencial y poca maldad. Y él no solía equivocarse, casi nunca.