domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 4: Huargos salvajes

   Olfim está agotado, hace horas que amaneció, lleva toda la noche en vela buscando un rastro reciente de la princesa elfa, en vano. Por suerte, ha conseguido capturar un venado joven y puede comer tranquilamente. Se dedica a devorarlo mientras su huargo zarandea a un trasgo que le intentó robar. Cuando va por la mitad, de lo más profundo del bosque aparece un huargo, no como el suyo, si no mucho más grande, casi del tamaño de un oso adulto, de un color ceniza muy apagado, que se acerca con pinta de tener la rabia y hambre.
   Olfim agarra lentamente su hacha mientras a su huargo se le erizan los pelos de la espalda, dispuesto a lanzarse contra la mole. El huargo salvaje mira alternativamente del orco al otro huargo y luego al cadáver del venado, varias veces. De un rápido movimiento se lanza sobre Olfim para quitarle la presa, pero el otro huargo le intercepta y el orco le golpea con el hacha, hundiéndosela en el pecho. Aullando de dolor, el huargo gris se aleja pocos pasos de ellos antes de volver a cargar, ésta vez con una salvaje determinación en sus ojos llameantes.
   El huargo salvaje termina muerto en el suelo después de varias horas batallando, por suerte sólo mordió al trasgo, que grita de dolor mientras se agarra su pequeño brazo. El pequeño huargo del orco se tumba a la sombra de un roble mientras se come lo que queda de ciervo. El trasgo, con lágrimas en los ojos, intenta irse arrastrándose para hacer el menor ruido posible, pero Olfim le lanza una piedra que, al impactar en su cabeza, lo deja tumbado en el suelo.
   Las aves se alejan del bosque, el invierno se aproxima a pasos agigantados y consume la energía de todos a su alrededor. Algún animalillo despistado se acerca al arroyo donde está Olfim, pero apenas hay movimiento en el bosque. Al atardecer algo cambia en la tierra; Olfim, al tener sangre de enano, nota los cambios en el terreno mejor que cualquier otro orco, y lo que siente no le gusta nada. Consigue esconderse junto con su huargo en una pequeña caverna justo cuando llega un troll de las cavernas, ya habiendo anochecido. El troll se acerca al trasgo inconsciente y lo recoge del suelo, atándolo a un tronco casi arrancado. Olfim echa mano a su hacha por si el troll lo descubre, pero por lo pronto no parece que le preste atención, se está dedicando a comerse al trasgo.
   El troll se aleja poco antes de amanecer, Olfim apenas ha pegado ojo en toda la noche, por lo que aprovecha para descansar un rato. Su huargo lleva un rato durmiendo, por lo que él cierra un poco los ojos. La mañana pasa rápidamente y, a mediodía, Olfim se despierta por fin. Su huargo hacía mucho ruido  y ahora ve por qué. Está amarrado con cadenas al suelo mientras una espada larga está con el filo en su cuello. Olfim gira la cabeza y ve otra apuntándole a él a la altura del corazón, en la mano de un elfo rubio con heterocromía ocular, un ojo azul y el otro verde. Su porte indica que es de la realeza y su capa, de aspecto pesado, indica que es del norte.
   -Vaya, vaya.- Dice el elfo con burla. -¿Qué tenemos aquí? Un orco mezclado con enano, menudo desperdicio.- Escupe al suelo. -Qué asco dais, que incluso os reproducís con bichos peludos.-
   -¿Al delicado afeminado le doy asco? No me toques, no vayas a ensuciarte las uñas, o a romperte una.- Riéndose a carcajadas ve como unas siluetas se acercan al grupo. -Ni siquiera puedes proteger a tu grupo y los llevas a la muerte.- Seriamente le mira a los ojos, desafiante.
   Un gruñido suena entre los árboles, cuando el príncipe elfo y su grupo se dan la vuelta, aparece una manada de huargos, todos con pinta de ser salvajes y de tener hambre. Pillan a los elfos desprevenidos, saltan sobre ellos y los atacan, dándole tiempo a Olfim tiempo para liberar a su huargo y alcanzar su arma. Se monta sobre su huargo y se lanza contra los elfos y los huargos salvajes. Una de las flechas élficas impacta contra su hombro derecho y lo tira del huargo, pero ninguno de los elfos se da cuenta de ello.
   Un huargo se echa sobre Olfim, pero consigue desviarlo con un golpe usando el canto del hacha. No se congratula de ello durante mucho tiempo, y menos cuando ve que el príncipe elfo está eliminando los huargos sin problema, sólo usando su espada larga. Olfim consigue alcanzar a montarse sobre uno de los huargos salvajes cuando se da cuenta que el suyo ha caído y, golpeando con los talones, obliga a su nueva montura a avanzar para alejarse de lo profundo del bosque y llegar al borde exterior. Cuando llega a la linde del bosque, se arranca la flecha del hombro y se pone en camino hacia el campamento orco más cercano. El nuevo huargo se resiste al principio de avanzar y alejarse del bosque, pero el hacha tan cerca de su cabeza le hace cambiar de opinión.
   El campamento al que llegan está siendo montado todavía, sólo está en pie la casa del líder y la granja de cerdos. Olfim deja al huargo en una cerca y le da instrucciones al que la vigila para que domestique lo mejor posible su nueva montura. Se acuesta bajo una lona, donde se ponen los trabajadores y se pone a pensar mientras se queda dormido.
   -Si el príncipe está explorando en el bosque es que también busca a la princesa, es un buen comienzo, debe de estar cerca y la ha sentido. Mañana volveré a buscar, pero mejor.-
   Se duerme con una sonrisa en su barbuda cara, el destino estaba siendo amable con él, sin duda.

jueves, 2 de enero de 2014

Capítulo 3: Un Gremio

El calor de las sábanas embargaba la energía de Valadhiel, no quería levantarse, ni siquiera abrir los ojos, había tenido una pesadilla y quería asegurarse de que no la volvía a tener que sufrir. Poco a poco abre los ojos y termina abriéndolos de golpe, esa no es su habitación, ni siquiera parece que sea su casa. Asustada se levanta y sale por la puerta frente a ella, encontrándose en un amplio jardín rodeado de estructuras de piedra y madera, una figura se le acerca, sin enseñar nada de carne, con un vestido negro, con varias cruces de adorno y una falda larga.
Cuando la figura levanta la cabeza, se le ve una cara femenina pálida, unos ojos azules brillantes y una sonrisa tímida. La joven chica pone los brazos hacia al frente, bien separados y, con una voz celestial, habla.
-Bienvenida, joven elfa, a nuestro pequeño hogar. Confío que se haya recuperado de sus heridas.-
-Eeeeeh... Pues sí, bastante bien me he recuperado ¿Cómo me habéis llamado?- Su confusión se hace patente en su rostro.
-Sois una elfa, obviamente, me he dado cuenta cuando vi vuestra luz interior.- La chica sonríe. -Sin duda espero que no os ofendiera mi comentario, si las otras sacerdotisas se enteran de eso me castigarían severamente.-
-No me ha ofendido, tranquila.- Mira hacia su alrededor. -¿Dónde decías que estaba?-
La sonrisa de la sacerdotisa se hace más amplia mientras abre los brazos. -Bienvenida al Gremio de la Sombra, hogar de los bribones y asesinos de todo el mundo. Que tu estancia sea placentera.-
-Vaya, gracias ¿Y mis padres? La pareja que estaba conmigo ¿Dónde están?-
Una sombra de pena cruza la mirada de la sacerdotisa y aparta la mirada mientras camina hacia el patio interior. -Será mejor que se vista, vendrá alguien a recogerte en unos minutos para que veas al líder del gremio.- La chica avanza con paso rápido para alejarse de Valadhiel.
La joven elfa no ha terminado de vestirse cuando ya le tocan en la puerta, se termina de poner el vestido largo blanco y ligero, casi transparente pero abriga bien. Entra en el cuarto un hombre muy bajito vestido de manera lujosa y hace una reverencia exagerada mientras su tupida barba roza el suelo.
-Bienvenida, joven elfa.- Comenta en hombre con una voz ronca. -Espero que mi presencia no la incomode, pero soy el encargado de los no-natos.-
-¿Por qué debería incomodarme?- Pregunta Valadhiel con una cara de estupefacción mientras mira a su interlocutor.
-Como puede ver, soy un enano y usted una elfa, nuestras especies no es que se lleven muy bien últimamente.-
-¿Y por qué es eso? Seguro que son los elfos del Norte, por no encontrar a su princesa desaparecida.- Inquirió la joven.
-Sois una elfa rara, sin duda, pero es agradable hablar con alguien que no mire con desprecio a otros.- El enano se pone frente a la joven, apenas le llega a la cintura. -Si es tan amable de seguirme.- Sale de la habitación, seguido de Valadhiel.
Cruzan el patio donde varios niños están entrenando con espadas de madera o con armas arrojadizas. Adentrándose en el edificio, se encuentran en una sala llena de trofeos de oro, plata y varias joyas en urnas de cristal. Al final de la sala está sentada una figura cubierta del todo, en lo que parece un trono. Levanta la cabeza cuando oye al enano acercarse y se quita la capucha, revelando un hermoso rostro, con una pequeña barba de poco días y orejas puntiagudas, algo más bajo que un humano normal, pero mucho más alto que un enano. Se levanta y se acerca a Valadhiel con una amplia sonrisa.
-Bienvenida, jovencita, espero que acepte la hospitalidad de éste viejo enanelfo, es decir, yo.- Sus ojos verdes no muestran signos de mentir mientras su sonrisa parece sincera. -Antes de que pregunte, le diré que un enanelfo es exactamente lo que piensa que es, un cruce entre elfo y enano, algo extraño y, por supuesto, carente de sentido. Ahora mi asistente te llevará hasta tu primera clase y…-
-Un momento, no quiero parecer descortés, pero no he llegado a decir que sí a unirme a éste gremio.- Los ojos rojos de Valadhiel miran fijamente los verdes del enanelfo. Éste se la queda mirando extrañado antes de exclamar.
-Pensaba que estaba claro, pensaba que querías entrenamiento para vengar la muerte de tu familia.-
Esa revelación cayó pesadamente sobre Valadhiel, que en un segundo recuperó el color dorado de los ojos mientras se le cubrían de lágrimas. Su familia muerta, sola sin sus protectores, ya no le quedaba nada. Y, encima, decían que era una elfa, pero es imposible, sus padres eran humanos, ella era humana… O no. Cuando se gira y se mira frente a un espejo ve cómo es realmente, una hermosa elfa y, con muchas más dudas en mente, se gira hacia el líder del gremio y una determinación aparece en su rostro. Debía vengar a sus padres y a sus padres adoptivos, al precio que fuera. Agarró un arco corto que había sobre una mesa y se encaminó al campo de tiro. Sus ojos se volvieron rojos una vez más.