Han
pasado varios días desde que Valadhiel entró en el Gremio de las Sombras, su
técnica con el arco y las armas de filo han mejorado considerablemente y ha
dejado atrás a alumnos que llevan años practicando. Hace poco que la han
mandado a Anuer’eden a buscar suministros para el gremio junto a dos
sacerdotisas y unos cuantos portadores.
La ciudad
portuaria de Anuer’eden está muy al sur y un poco al oeste del bosque Mladir, a
orillas de un gran lago, cuyo río central da directamente al mar. La ciudad es
muy conocida por sus adelantos en medicinas y por su pescado, siempre fresco y
saludable. Enanos y Gnomos dominan el comercio y los guardias humanos vigilan
que nadie provoque disturbios.
Mientras
Valadhiel camina viendo las maravillas de la ciudad, oye una conversación sobre
orcos y un príncipe elfo, pero apenas le presta atención. Su grupo llega al
mercado, que está empezando a abrir sus puestos de venta, pero se detienen
cuando ven que una muchedumbre no les deja pasar. Un grupo está pasando por la
calle principal del mercado, cuando Valadhiel se asoma ve que son elfos, muchos
de ellos malheridos; el único que no tiene rasguño alguno es un elfo rubio con
los ojos de diferente color.
-Es
atractivo, muy atractivo.- Piensa Valadhiel, pero cuando mira hacia el público,
lo ve receloso, casi temeroso, de los recién llegados. -¿Por qué temerán a
éstos elfos? No parecen diferentes a los otros.- Una mano se le posa en el
hombro y, cuando mira quién es, se encuentra a una de las sacerdotisas que la
acompañaba.
-No son
como los otros elfos, si es lo que piensas.- Susurra apurada la chica. -Son
elfos Norteños, son antropófagos y muy violentos cuando se enfadan.- Se tapa la
boca con miedo por si la han escuchado antes de perderse entre la multitud.
Una
humana anciana mira a Valadhiel y le sonríe, le indica con la mano que la siga.
Llegan a una casa antigua, cuyas cortinas están agujereadas, seguramente por
polillas y el paso del tiempo. La anciana se para en la puerta, se da la vuelta
para mirar a Valadhiel y sonríe antes de hablar.
-Si no me
equivoco eres del Gremio de la Sombra, pero ¿Qué clase de elfa sois, bella
dama? No parecéis Norteña, pero nunca se sabe. Vuestros ojos y vuestra constitución
me dicen que sois del Este, pero vuestra piel oscurecida y el pelo plateado me
dice que sois Sureña.-
-Veo que
conocéis bien los tipos de elfos ¿Me podéis decir todo lo que sepa de ellos?-
Mira fijamente a la anciana.
La humana
la mira un momento, que parece eterno, antes de exclamar.
-Si no
sabéis nada de los elfos siendo vos uno de ellos, entonces no estáis preparada
para lo que se os viene encima.- La anciana le da la espalda y se mete en la
casa. -Si queréis saber más, preguntadle a vuestro líder, y decidle lo
siguiente: “La realeza debe despertar para decidir el destino, antes de que el
mal corrompa a los puros y acabe con los protectores”.- La anciana cierra la
puerta.
Valadhiel
se queda mirando la puerta con cara de pena, no ha podido sacar nada en claro
de la situación, y no le encuentra sentido que esa anciana le hablase de esa
forma. Decide volver al mercado, pero por el camino se cruza con que alguien la
empuja y la tira al suelo. Cuando mira a su atacante se encuentra un humano que
la mira con odio empuñando una ballesta y apuntándola. Los ojos de Valadhiel se
vuelven rojos cuando esquiva el virote y se lanza sobre su atacante,
desarmándolo y aturdiéndolo de un golpe certero en la nuca. Observa un papel
que sale de uno de los pliegues de la ropa, una orden de asesinato contra
cualquier elfo solitario en la ciudad, con el sello real.
Valadhiel
decide largarse de la zona antes de que le echen la culpa de algo, pero se
encuentra con que el príncipe elfo la mira curioso y con orgullo. Se baja de su
caballo y le coje la mano para besársela.
-Veo que
has conseguido sobrevivir a la basura humanoide. ¿Qué te parece si te unes a mi
séquito? Siempre vienen bien sirvientas puras.-
Valadhiel
le mira con estupefacción, sin creerse lo que le dice el noble elfo. -Eh, no,
gracias. Le debo mucho al gremio por el momento, no me parece bien irme sin
más, por muy generosa que fuera su oferta.- Se inclina.
-Es una
pena, seríais bien recibida en mi palacio. Pensadlo durante un tiempo, pero no
me hagais esperar mucho, dulce dama.- El joven y pálido elfo se aleja
sonriendo, dejando a Valadhiel con cara de asco.
La joven
elfa consigue alejarse de la zona y se reune de nuevo con su grupo, los cuales
apenas han hecho nada del encargo, se pasaron la mañana en la taberna jugando y
bebiendo. Es mediodía cuando Valadhiel sale del mercado con la última bolsa de
la compra, no sin haberlo pasado mal discutiendo los precios elevados sólo por
no ser humana.
Ya en la
base, la menor de las sacerdotisas ha vuelto para avisar de que los nobles de
las ciudades colindantes dan una cena de gala y el gremio es parte del grupo de
protección.
Valadhiel
se presenta ante el líder y le cuenta todo lo que el príncipe elfo y la anciana
humana le dijeron. Éste se llevó una mano a la frente y parecía que había
envejecido varios años de golpe. Mira hacia Valadhiel y la manda a su
habitación. Todo iba demasiado rápido y parecía que iba a empeorar.