En un pequeño bosque, en un arroyo
cristalino, ha nacido una joven elfa, sus padres están felices pues es una niña
muy hermosa. Los animales pasan sin temer su presencia, los elfos siempre han
sido buenos con ellos, casi nunca los cazan, a menos que sea una emergencia.
No ha pasado mucho tiempo desde el
nacimiento cuando la guerra estalla en esa parte, los padres huyen intentando
salvar a su retoño de la invasión. Los orcos lo están arrasando todo, devorando
todo lo que pillan que no sea verde. El padre se retrasa para que su mujer e
hija salgan del bosque, sacando su espada se enfrenta a los orcos.
Los huargos siguen a la mujer, que puede
evitarlos gracias a los árboles. Llega un momento en que tropieza y se cae del
árbol, mientras el bebé se desliza por la hierba y se introduce en un tronco
hueco sin saberlo, mientras duerme. Los huargos se echan encima de la elfa y la
devoran sin compasión. Cuando amanece ya no queda nadie, los primeros rayos de
sol entran por la madriguera en el tronco y acarician la cara del bebé. Un
leñador pasa y ve los animales reunidos alrededor, ve a la niña, la saca del
tronco y se la lleva.
Su esposa le ve llegar con el fardo del bebé
y, aunque al principio tiene sus reparos en aceptarla, pronto la acepta como
hija propia, pensando que es una bendición de sus dioses. Y allí, en la linde
del bosque vivieron felices unos cuántos años.
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