Todo a su alrededor estaba guardando un gran silencio sepulcral, el bosque estaba quieto, no había ni la más leve brisa. Los orcos se habían escondido a las afueras de la ciudad portuaria a la espera de que saliera el príncipe elfo con su séquito y, con algo de suerte, con la princesa a su lado. Todos esos años entrenando en las oscuras cavernas de los Trolls, han permitido a Olfim ser un experto en las emboscadas y las trampas.
El príncipe iba en un caballo blanco, de porte elegante y crin sedosa. Su grupo no tenía montura, pero iban bien armados y, si lo que decían era cierto, lo mejor sería no dejarles reaccionar. El brujo de los orcos tenía un hechizo ígneo preparado para prender las flechas y cortar la retirada de los elfos. Olfim esperó, cerca había un claro donde podrían atacarlos, los árboles alrededor crecían muy pegados, mermando la velocidad de los que estuvieran por la zona.
Los elfos entraron en el claro, iban muy confiados, seguían ciegamente a su líder. Los orcos los seguían, ocultos entre la maleza, procurando hacer el menor ruido posible y también tratando de no perderlos de vista.
Cuando llegaron al centro del mismo claro, los árboles que lo rodeaban estallaron en llamas. La sorpresa que embargó a los elfos fue suficiente para que los orcos tensaran sus arcos y los acribillaran a flechas. Cuando los elfos reaccionaron, más de la mitad había caído ante la lluvia de proyectiles, la mayoría en llamas. El pequeño grupo consigue reagruparse, aunque están con sus largas espadas desenvainadas, los orcos los superan en gran cantidad.
El gran caballo blanco empieza a encabritarse, el príncipe elfo repasa sus opciones. Puede huir y abandonar a los suyos, o quedarse y luchar, pereciendo si comete el mínimo error. Una flecha desviada lo obliga a decidir y opta por la huída, los otros elfos eran prescindibles y le permitirían salir con vida de allí. El majestuoso corcel blanco atraviesa las llamas, pasando entre dos árboles gemelos y galopando a toda la velocidad que le permite la vegetación para huir del claro.
Olfim ve cómo el noble huye de la refriega, monta en su huargo y lo persigue por todo el bosque. Lleva años estudiando la zona, elaborando complicadas estrategias, y no iba a dejar que el principito se le escapara. La persecución se recrudece cuando el caballo del príncipe tropieza y provoca que el huargo de Olfim tropiece también. Ambos jinetes caen al suelo embarrado.
Olfim y el elfo se levantan, desenvainan sus espadas y empiezan su duelo de espadas. La fuerza del semi-orco parece superior, pero la agilidad del elfo niega los golpes de su contrincante. La lucha se alarga varios minutos, hasta que se oye un aullido que hiela la sangre de ambos.
El príncipe elfo coge barro y se lo lanza a Olfim en los ojos, aprovechando para huir. Cuando Olfim se quita el barro de la cara, ve como varios ojos dorados lo observan y se le echan encima.
Aquella noche, en las tabernas, se contaban historias de miedo y de cómo el príncipe elfo del norte parecía ser el único superviviente.
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